En los últimos meses se han planteado muchas
cuestiones sobre Jesucristo y la Iglesia con
motivo del libro y la película "Código Da Vinci".
Un equipo de profesores de Historia y Teología
de la Universidad de Navarra, responde a las 54
preguntas más frecuentes.
El equipo que ha realizado este trabajo está
compuesto por los profesores Francisco Varo
(director), Juan Chapa, Vicente Balaguer, Gonzalo
Aranda, Santiago Ausín y Juan Luis Caballero.
PREGUNTAS
(HACER CLICK SOBRE
LAS PREGUNTAS PARA VER LAS RESPUESTAS)
1. ¿Qué sabemos realmente de Jesús?
2. ¿Qué fue la estrella de Oriente?
3. ¿Por qué se celebra el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre?
4. ¿Qué significa la virginidad de María?
5. ¿Estuvo casado San José por segunda vez?
6. ¿Qué fue la matanza de los inocentes?, ¿es histórica?
7. ¿Jesús nació en Belén o en Nazaret?
8. ¿Dónde y cómo nació Jesús?
9. ¿Estaba Jesús soltero, casado o viudo?
10. ¿Quiénes fueron los doce Apóstoles?
11. Situación actual de la investigación histórica sobre Jesús
12. ¿Qué credibilidad histórica tiene la Biblia?
13. ¿Quiénes fueron los evangelistas?
14. ¿Cómo se escribieron los evangelios?
15. ¿Cómo se transmitieron los evangelios?
16. ¿En qué idioma habló Jesús?
17. ¿Qué relaciones tuvo Jesús con el imperio romano?
18. ¿Se puede negar la existencia histórica de Jesús?
19. ¿Qué son los evangelios canónicos y los apócrifos? ¿Cuáles y
cuántos son?
20. ¿Qué diferencias hay entre los evangelios canónicos y los
apócrifos?
21. ¿Qué dicen los evangelios apócrifos?
22. ¿Qué son los gnósticos?
23. ¿Qué datos aportan sobre Jesús las fuentes romanas y judías?
24. Fariseos, saduceos, esenios, celotes ¿Quienes eran?
25. ¿Qué aportan los manuscritos de Qumrán?
26. ¿Qué es la biblioteca de Nag Hammadi?
27. ¿Jesús tuvo hermanos?
28. ¿Quién fue María Magdalena?
29. ¿Qué relación tuvo Jesús con María Magdalena?
30. ¿Qué dice el “Evangelio de María [Magdalena]”?
31. ¿Era normal que tantas mujeres rodearan a Jesús?
32. ¿Qué influencia tuvo San Juan Bautista en Jesús?
33. ¿Jesús era discípulo de San Juan Bautista?
34. ¿Qué relaciones tuvieron Pedro y María Magdalena?
35. ¿Qué pasó en la Última Cena?
36. ¿Por qué condenaron a muerte a Jesús?
37. ¿Quién fue Caifás?
38. ¿Qué era el Sanedrín?
39. ¿Cómo fue la muerte de Jesús?
40. ¿Cómo se explica la resurrección de Jesús?
41. ¿Pudieron haber robado el cuerpo de Jesús?
42. ¿Quién fue José de Arimatea?
43. ¿En qué consiste sustancialmente el mensaje cristiano?
44. ¿Quién fue San Pablo? ¿Cómo trasmitió las enseñanzas de Jesús?
45. ¿Qué dice el Evangelio de Felipe?
46. ¿Cómo se explican los milagros de Jesús?
47. ¿Jesús quiso realmente fundar una Iglesia?
48. ¿Qué es el Santo Grial? ¿Qué relaciones tiene con el Santo
Cáliz?
49. ¿Quién fue Poncio Pilato?
50. ¿Qué afinidades políticas tenía Jesús?
51. ¿Quién fue Constantino?
52. ¿Qué fue el Edicto de Milán?
53. ¿Qué sucedió en el Concilio de Nicea?
54. ¿Que dice
el Evangelio de Judas?
RESPUESTAS
1.
¿Qué sabemos realmente de Jesús?
Juan Chapa
De Jesús de Nazaret tenemos más y mejor información
que de la mayoría de los personajes de su tiempo.
Disponemos de todo lo que los testigos de su vida y
de su muerte nos han transmitido: tradiciones orales
y escritas sobre su persona, entre las que destacan
los cuatro evangelios, que han sido transmitidas en
la realidad de la comunidad de fe viva que él
estableció y que continúa hasta hoy. Esta comunidad
es la Iglesia, compuesta por millones de seguidores
de Jesús a lo largo de la historia, que le han
conocido por los datos que ininterrumpidamente les
trasmitieron los primeros discípulos. Los datos que
hay en los evangelios apócrifos y otras referencias extrabíblicas no aportan nada sustancial a la
información que nos ofrecen los evangelios
canónicos, tal como han sido trasmitidos por la
Iglesia.
Hasta la Ilustración, creyentes y no creyentes
estaban persuadidos de que lo que podíamos conocer
sobre Jesús se contenía en los evangelios. Sin
embargo, por ser relatos escritos desde la fe,
algunos historiadores del siglo XIX cuestionaron la
objetividad de sus contenidos. Para estos
estudiosos, los relatos evangélicos eran poco
creíbles porque no contenían lo que Jesús hizo y
dijo, sino lo que creían los seguidores de Jesús
unos años después de su muerte. Como consecuencia,
durante las décadas siguientes y hasta mediados del
siglo XX se cuestionó la veracidad de los evangelios
y se llegó a afirmar que de Jesús “no podemos saber
casi nada” (Bultmann).
Hoy en día, con el desarrollo de la ciencia
histórica, los avances arqueológicos, y nuestro
mayor y mejor conocimiento de las fuentes antiguas,
se puede afirmar con palabras de un conocido
especialista del mundo judío del siglo I d.C. —a
quien no se puede tachar precisamente de
conservador— que “podemos saber mucho de Jesús” (Sanders).
Por ejemplo, este mismo autor señala “ocho hechos
incuestionables”, desde el punto de vista histórico,
sobre la vida de Jesús y los orígenes cristianos: 1)
Jesús fue bautizado por Juan Bautista; 2) era un
Galileo que predicó y realizó curaciones; 3) llamó a
discípulos y habló de que eran doce; 4) limitó su
actividad a Israel; 5) mantuvo una controversia
sobre el papel del templo; 6) fue crucificado fuera
de Jerusalén por las autoridades romanas; 7) tras la
muerte de Jesús, sus seguidores continuaron formando
un movimiento identificable; 8) al menos algunos
judíos persiguieron a ciertos grupos del nuevo
movimiento (Ga 1,13.22; Flp 3,6) y, al parecer, esta
persecución duró como mínimo hasta un tiempo cercano
al final del ministerio de Pablo (2 Co 11,24; Ga
5,11; 6,12; cf. Mt 23,34; 10,17).
Sobre esta base mínima en la que los historiadores
están de acuerdo se pueden determinar como
fidedignos desde el punto de vista histórico los
otros datos contenidos en los evangelios. La
aplicación de los criterios de historicidad sobre
estos datos permite establecer el grado de
coherencia y probabilidad de las afirmaciones
evangélicas, y que lo que se contiene en esos
relatos es sustancialmente cierto.
Por último, conviene recordar que lo que sabemos de
Jesús es fiable y creíble porque los testigos son
dignos de credibilidad y porque la tradición es
crítica consigo misma. Además, lo que la tradición
nos trasmite resiste el análisis de la crítica
histórica. Es cierto que de las muchas cosas que se
nos han trasmitido sólo algunas pueden ser
demostrables por los métodos empleados por los
historiadores. Sin embargo, esto no significa que
las no demostrables por estos métodos no sucedieran,
sino que sólo podemos aportar datos sobre su mayor o
menor probabilidad. Y no olvidemos, por otra parte,
que la probabilidad no es determinante. Hay sucesos
muy poco probables que han sucedido históricamente.
Lo que sin duda es verdad es que los datos
evangélicos son razonables y coherentes con los
datos demostrables. En cualquier caso, es la
tradición de la Iglesia, en la que estos escritos
nacieron, la que nos da garantías de su fiabilidad y
la que nos dice cómo interpretarlos.
Bibliografía: A. Vargas Machuca, El Jesús
histórico. Un recorrido por la investigación moderna,
Universidad Pontifica de Comillas, Madrid 2004; J.
Gnilka, Jesús von Nazareth. Botschaft und
Geschichte, Herder, Freiburg 1990 (ed. esp.
Jesús de Nazaret, Herder, Barcelona 1993); R.
Latourelle, A Jesús el Cristo por los Evangelios.
Historia y hermenéutica, Sígueme, Salamanca
21986; F. Lambiasi, L’autenticità storica dei
vangeli. Studio di criteriologia,: EDB, Bologna
21986.
Volver a PREGUNTAS
2.
¿Qué fue la estrella de Oriente?
Vicente Balaguer
La estrella de Oriente se menciona en el evangelio
de San Mateo. Unos magos preguntan en Jerusalén:
“Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido?
Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos
venido a adorarle” (Mt 2,2).
Los dos capítulos iniciales de los evangelios de San
Mateo y San Lucas narran algunas escenas de la
infancia de Jesús, por lo que se suelen denominar
“evangelios de la infancia”. La estrella aparece en
el “evangelio de la infancia” San Mateo. Los
evangelios de la infancia tienen un carácter
ligeramente distinto al resto del evangelio. Por eso
están llenos de evocaciones a textos del Antiguo
Testamento que hacen los gestos enormemente
significativos. En este sentido, su historicidad no
se puede examinar de la misma manera que la del
resto de los episodios evangélicos. Dentro de los
evangelios de la infancia, hay diferencias: el de
San Lucas es el primer capítulo del evangelio, pero
en San Mateo es como un resumen de los contenidos
del texto entero. El pasaje de los Magos (Mt 2,1-12)
muestra que unos gentiles, que no pertenecen al
pueblo de Israel: descubren la revelación de Dios a
través de su estudio y sus conocimientos humanos
(las estrellas), pero no llegan a la plenitud de la
verdad más que a través de las Escrituras de Israel.
En tiempos de la composición del evangelio era
relativamente normal la creencia de que el
nacimiento de alguien importante o algún
acontecimiento relevante se anunciaba con un
prodigio en el firmamento. De esa creencia
participaban el mundo pagano (cfr Suetonio, Vida
de los Césares, Augusto, 94; Cicerón,
De Divinatione 1,23,47; etc.) y el judío (Flavio
Josefo, La Guerra de los Judíos, 5,3,310-312;
6,3,289). Además, el libro de los Números (caps.
22-24) recogía un oráculo en el que se decía: “De
Jacob viene una estrella, en Israel se ha levantado
un cetro” (Nm 24,17). Este pasaje se interpretaba
como un oráculo de salvación, sobre el Mesías. En
estas condiciones, ofrecen el contexto adecuado para
entender el signo de la estrella.
La exégesis moderna se ha preguntado qué fenómeno
natural pudo ocurrir en el firmamento que fuera
interpretado por los hombres de aquel tiempo como
extraordinario. Las hipótesis que se han dado son
sobre todo tres: 1) ya Kepler (s. XVII) habló de una
estrella nueva, una supernova: se trata de una
estrella muy distante en la que tiene lugar una
explosión de modo que, durante unas semanas, tiene
más luz y es perceptible desde la tierra; 2) un
cometa, pues los cometas siguen un recorrido
regular, pero elíptico, alrededor del sol: en la
parte más distante de su órbita no son perceptibles
desde la tierra, pero si están cercanos pueden verse
durante un tiempo. También esta descripción coincide
con lo que se señala en el relato de Mateo, pero la
aparición de los cometas conocidos que se ven desde
la tierra no encaja en las fechas con la estrella;
3) Una conjunción planetaria de Júpiter y Saturno.
También Kepler llamó la atención sobre este fenómeno
periódico, que, si no estamos equivocados en los
cálculos, pudo muy bien darse en los años 6/7 antes
de nuestra era, es decir, en los que la
investigación muestra que nació Jesús.
Bibliografía: A. Puig, Jesús. Una biografía,
Destino, Barcelona 2005; S. Muñoz Iglesias, Los
evangelios de la infancia. IV, BAC, Madrid 1990;
J. Danielou, Los evangelios de la infancia,
Herder, Barcelona 1969
Volver a
PREGUNTAS
3. ¿Por qué se
celebra el nacimiento de Jesús
el 25 de diciembre?
Juan Chapa
Los primeros cristianos no parece
que celebrasen su cumpleaños (cf.,
por ej., Orígenes, PG XII, 495).
Celebraban su dies natalis,
el día de su entrada en la patria
definitiva (por ej., Martirio de
Policarpo 18,3), como
participación en la salvación obrada
por Jesús al vencer a la muerte con
su pasión gloriosa. Recuerdan con
precisión el día de la glorificación
de Jesús, el 14/15 de Nisán, pero no
la fecha de su nacimiento, de la que
nada nos dicen los datos
evangélicos.
Hasta el siglo III no tenemos
noticias sobre la fecha del
nacimiento de Jesús. Los primeros
testimonios de Padres y escritores
eclesiásticos señalan diversas
fechas. El primer testimonio
indirecto de que la natividad de
Cristo fuese el 25 de diciembre lo
ofrece Sexto Julio Africano el año
221. La primera referencia directa
de su celebración es la del
calendario litúrgico filocaliano del
año 354 (MGH, IX,I, 13-196): VIII
kal. Ian. natus Christus in Betleem
Iudeae (“el 25 de diciembre nació
Cristo en Belén de Judea”). A partir
del siglo IV los testimonios de este
día como fecha del nacimiento de
Cristo son comunes en la tradición
occidental, mientras que en la
oriental prevalece la fecha del 6 de
enero.
Una explicación bastante difundida
es que los cristianos optaron por
día porque, a partir del año 274, el
25 de diciembre se celebraba en Roma
el dies natalis Solis invicti,
el día del nacimiento del Sol
invicto, la victoria de la luz sobre
la noche más larga del año. Esta
explicación se apoya en que la
liturgia de Navidad y los Padres de
la época establecen un paralelismo
entre el nacimiento de Jesucristo y
expresiones bíblicas como «sol de
justicia» (Ma 4,2) y «luz del mundo»
(Jn 1,4ss.). Sin embargo, no hay
pruebas de que esto fuera así y
parece difícil imaginarse que los
cristianos de aquel entonces
quisieran adaptar fiestas paganas al
calendario litúrgico, especialmente
cuando acababan de experimentar la
persecución. Es posible, no
obstante, que con el transcurso del
tiempo la fiesta cristiana fuera
asimilando la fiesta pagana.
Otra explicación más plausible hace
depender la fecha del nacimiento de
Jesús de la fecha de su encarnación,
que a su vez se relacionaba con la
fecha de su muerte. En un tratado
anónimo sobre solsticios y
equinoccios se afirma que “nuestro
Señor fue concebido el 8 de las
kalendas de Abril en el mes de marzo
(25 de marzo), que es el día de la
pasión del Señor y de su concepción,
pues fue concebido el mismo día que
murió” (B. Botte, Les Origenes de
la Noël et de l’Epiphanie,
Louvain 1932, l. 230-33). En la
tradición oriental, apoyándose en
otro calendario, la pasión y la
encarnación del Señor se celebraban
el 6 de abril, fecha que concuerda
con la celebración de la Navidad el
6 de enero. La relación entre pasión
y encarnación es una idea que está
en consonancia con la mentalidad
antigua y medieval, que admiraba la
perfección del universo como un
todo, donde las grandes
intervenciones de Dios estaban
vinculadas entre sí. Se trata de una
concepción que también encuentra sus
raíces en el judaísmo, donde
creación y salvación se relacionaban
con el mes de Nisán. El arte
cristiano ha reflejado esta misma
idea a lo largo de la historia al
pintar en la Anunciación de la
Virgen al niño Jesús descendiendo
del cielo con una cruz. Así pues, es
posible que los cristianos
vincularan la redención obrada por
Cristo con su concepción, y ésta
determinara la fecha del nacimiento.
“Lo más decisivo fue la relación
existente entre la creación y la
cruz, entre la creación y la
concepción de Cristo” (J. Ratzinger,
El espíritu de la liturgia,
131).
Bibliografía: Josef Ratzinger, El
espíritu de la liturgia. Una
introducción (Cristiandad,
Madrid, 2001); Thomas J. Tolley,
The origins of the liturgical year,
2nd ed., Liturgical Press,
Collegeville, MN, 1991). Existe
edición en italiano, Le origini
dell’anno liturgico, Queriniana,
Brescia 1991.
Volver a PREGUNTAS
4. ¿Qué
significa la
virginidad de
María?
Gonzalo
Aranda
Que María concibió a
Jesús sin
intervención de
varón se afirma
claramente en los
dos primeros
capítulos de los
evangelios de San
Mateo y de San
Lucas: “lo concebido
en ella viene del
Espíritu santo”,
dice el ángel a San
José (Mt 1,20); y a
María que pregunta
“¿Cómo será eso pues
no conozco varón?”
el ángel le
responde: “El
Espíritu Santo
vendrá sobre ti y el
poder del Altísimo
te cubrirá con su
sombra...” (Lc
1,34-35). Por otra
parte, el hecho de
que Jesús desde la
Cruz encomendase su
Madre a San Juan
supone que la Virgen
no tenía otros
hijos. Que en los
evangelios se
mencionen a veces
los “hermanos de
Jesús” puede
explicarse desde el
uso del término
“hermanos” en hebreo
en el sentido de
parientes próximos
(Gen 13,8; etc), o
pensando que San
José tenía hijos de
un matrimonio
anterior, o tomando
el término en
sentido de miembro
del grupo de
creyentes tal como
se usa en el Nuevo
Testamento (Hch
1,15). La iglesia
siempre ha creído en
la virginidad de
María y la ha
llamado “la siempre
virgen” (Lumen
Gentium 52), es
decir, antes, en y
después del parto
como confiesa una
fórmula tradicional.
La concepción
virginal de Jesús
hay que entenderla
como una obra del
poder de Dios –“para
él nada hay
imposible” (Lc
1,37)- que escapa
toda comprensión y
toda posibilidad
humanas. Nada tiene
que ver con las
representaciones
mitológicas paganas
en las que un dios
se une a una mujer
haciendo las veces
del varón. En la
concepción virginal
de Jesús se trata de
una obra divina en
el seno de María
similar a la
creación. Esto es
imposible de aceptar
para el no creyente,
como lo era para los
judíos y los paganos
entre los que se que
se inventaron burdas
historias acerca de
la concepción de
Jesús, como la que
la atribuye a un
soldado romano
llamado Pantheras.
En realidad, ese
personaje es una
ficción literaria
sobre la que se
inventa una leyenda
para hacer burlas a
los cristianos.
Desde un punto de
vista de la ciencia
histórica y
filológica, el
nombre Pantheras (o
Pandera) es una
parodia corrupta de
la palabra
parthénos (en
griego: virgen).
Aquellas gentes, que
utilizaban en gran
parte del imperio
romano de oriente el
griego como lengua
de comunicación,
oían hablar a los
cristianos de Jesús
como del Hijo de la
Virgen ( huiós
parthénou), y
cuando querían
burlarse de ellos lo
llamaba «el hijo de
Pantheras». Tales
historias en
definitiva sólo
testimonian que la
Iglesia sostenía la
virginidad de María,
aunque pareciera
imposible.
La concepción
virginal de Jesús es
un signo de que
Jesús es
verdaderamente Hijo
de Dios por
naturaleza -de ahí
que no tenga un
padre humano-, al
mismo tiempo que es
verdadero hombre
nacido de mujer (Gal
4,4). En los pasajes
evangélicos se
muestra la absoluta
iniciativa de Dios
en la historia
humana para el
advenimiento de la
salvación, y que
ésta se inserta en
la historia misma,
como muestran las
genealogías de
Jesús.
A Jesús, concebido
por el Espíritu
Santo y sin concurso
de varón, se le
puede comprender
mejor como el nuevo
Adán que inaugura
una nueva creación a
la que pertenece el
hombre nuevo
redimido por él (1
Cor 15,47; Jn 3,34).
La virginidad de
María es además
signo de su fe sin
sombra de duda y de
su entrega plena a
la voluntad de Dios.
Incluso se ha dicho
que por esa fe María
concibe a Cristo
antes en su mente
que en su vientre, y
que “es más
bienaventurada al
recibir a Cristo por
la fe que al
concebir en su seno
la carne de Cristo”
(S. Agustín). Siendo
virgen y madre María
es también figura de
la Iglesia y su más
perfecta
realización.
Bibliografía:
Catecismo de la
Iglesia Católica,
nn. 484-511;
Francisco Varo,
Rabí Jesús de
Nazaret (B.A.C.,
Madrid, 2005)
212-219.
Volver a PREGUNTAS
5. ¿Estuvo
casado San José
por segunda vez?
Gonzalo
Aranda
Según San Mateo,
cuando la Santísima
Virgen concibió
virginalmente a
Jesús, estaba
desposada con San
José aunque todavía
no vivían juntos (Mt
1,18). Se trataba de
la situación previa
a los desposorios
que, entre los
judíos, suponía un
compromiso tan
fuerte y real que
los comprometidos
podían ser llamados
ya esposo y esposa,
y que sólo podía ser
anulado mediante el
repudio. Del texto
de San Mateo se
deduce que tras el
anuncio del ángel a
José explicándole
que María había
concebido por obra
del Espíritu Santo (Mt
1,20) se casaron y
pasaron a vivir
juntos. La narración
de la huida y vuelta
de Egipto, y el
establecimiento en
Nazareth (Mat
2,13-23), lo mismo
que el episodio de
la presentación del
niño en el Templo
cuando tenía doce
años acompañado por
sus padres tal como
relata San Lucas (Lc
2,41-45) así lo
dejan entender. San
Lucas, además, al
narrar la
anunciación del
ángel a María la
presenta como “una
virgen desposada con
José de la casa de
David”. Por tanto
según estos
evangelios San José
estuvo casado con la
Santísima Virgen.
Este es el dato que
pertenece con
certeza a la
tradición histórica
recogida en los
evangelios.
Ahora bien, si esas
fueron las segundas
nupcias de San José,
o si San José ya
anciano y viudo no
llegó a desposar a
la Virgen María,
sino que únicamente
cuidó de ella como
de una virgen a su
cargo, son temas que
caen en el terreno
de las leyendas y
que no ofrecen
garantía alguna de
historicidad.
La primera mención
de esas leyendas se
encuentra en el
llamado
“Protoevangelio de
Santiago” en el s.
II. Cuenta que María
permanecía en el
Templo desde los
tres años y que, al
cumplir los doce,
los sacerdotes
buscaron a alguien
que se hiciera cargo
de ella. Reunieron a
todos los viudos del
pueblo, y tras un
signo prodigioso
ocurrido en la vara
de José, consistente
en que de ella salió
una paloma,
entregaron a éste la
custodia de la
Virgen. Según esta
leyenda, sin
embargo, José no
tomó a María por
esposa. De hecho
cuando el ángel se
le aparece en sueños
no le dice a José
como en Mt 1,20 “no
temas tomar contigo
a María tu esposa”,
sino “no temas por
esta doncella” (XIV,2).
Otro apócrifo más
tardío que reelabora
esa historia, el
llamado “Pseudo
Mateo”, quizás del
s. VI, parece
entender que María
fue desposada con
José, pues el
sacerdote le dice a
éste: “has de saber
que no puede
contraer matrimonio
con ningún otro” (VIII,
4); pero en general
habla de San José
como del custodio de
la Virgen. En cambio
que José desposó a
María se dice
claramente en “El
libro de la
Natividad de María”,
una especie de
resumen del Pseudo
Mateo y en la
“Historia de José el
carpintero” (IV,4-5).
Por tanto, no hay
datos históricos que
permitan afirmar que
San José ya había
estado casado antes.
Lo más lógico es
pensar que fuera un
hombre joven cuando
desposó a la
Santísima Virgen y
que sólo estuviese
casado esa vez.
Bibliografía:; J.
Danielou, Los
evangelios de la
infancia, Herder,
Barcelona 1969; S.
Muñoz Iglesias,
Los evangelios de la
infancia. IV,
Bac, Madrid 1990; A.
de Santos, Los
evangelios apócrifos.
BAC. Madrid 1993
(octava edición)
Volver a PREGUNTAS
6. ¿Qué fue
la matanza de los inocentes?,
¿es histórica?
Vicente Balaguer
La matanza de los inocentes
pertenece, como el episodio de la
estrella de los Magos, al evangelio
de la infancia de San Mateo. Los
Magos habían preguntado por el rey
de los judíos (Mt 2,1) y Herodes
—que se sabía rey de los judíos—
inventa una estratagema para
averiguar quién puede ser aquel que
él considera un posible usurpador,
pidiendo a los Magos que le informen
a su regreso. Cuando se entera de
que se han vuelto por otro camino,
“se irritó mucho y mandó matar a
todos los niños que había en Belén y
toda su comarca, de dos años para
abajo, con arreglo al tiempo que
cuidadosamente había averiguado de
los Magos” (Mt 2,16). El pasaje
evoca otros episodios del Antiguo
Testamento: también el Faraón había
mandado matar a todos los recién
nacidos de los hebreos, según cuenta
el libro del Éxodo, pero se salvó
Moisés, precisamente el que liberó
después al pueblo (Ex 1,8-2,10). San
Mateo dice también en el pasaje que
con el martirio de estos niños se
cumple un oráculo de Jeremías (Jr
31,15): el pueblo de Israel fue al
destierro, pero de ahí lo sacó el
Señor que, en un nuevo éxodo, lo
llevó a la tierra prometiéndole una
nueva alianza (Jr 31,31). Por tanto,
el sentido del pasaje parece claro:
por mucho que se empeñen los fuertes
de la tierra, no pueden oponerse a
los planes de Dios para salvar a los
hombres.
En este contexto se debe examinar la
historicidad del martirio de los
niños inocentes, del que sólo
tenemos esta noticia que nos da San
Mateo. En la lógica de la
investigación histórica moderna, se
dice que «testis unus testis nullus»,
un solo testimonio no sirve. Sin
embargo, es fácil pensar que la
matanza de los niños en Belén, una
aldea de pocos habitantes, no fue
muy numerosa y por eso no pasó a los
anales. Lo que sí es cierto es que
la crueldad que manifiesta es
coherente con las brutalidades que
Flavio Josefo nos cuenta de Herodes:
hizo ahogar a su cuñado Aristóbulo
cuando éste alcanzó gran popularidad
(Antigüedades Judías, 15 & 54-56),
asesinó a su suegro Hircano II (15,
& 174-178), a otro cuñado, Costobar
(15 & 247-251), a su mujer Marianne
(15, & 222-239); en los últimos años
de su vida, hizo asesinar a sus
hijos Alejandro y Aristóbulo (16
&130-135), y cinco días antes de su
propia muerte, a otro hijo,
Antipatro (17 & 145); finalmente,
ordenó que, ante su muerte, fueran
ejecutados unos notables del reino
para que las gentes de Judea, lo
quisieran o no, lloraran la muerte
de Herodes (17 &173-175).
Bibliografía: A. Puig, Jesús. Una
biografía, Destino, Barcelona
2005; S. Muñoz Iglesias, Los
evangelios de la infancia. IV,
BAC, Madrid 1990; J. Danielou,
Los evangelios de la infancia,
Herder, Barcelona 1969.
Volver a PREGUNTAS
7.
¿Jesús nació en
Belén o en
Nazaret?
Vicente
Balaguer
San Mateo dice de
manera explícita que
Jesús nació en
«Belén de Judá en
tiempos del rey
Herodes» (Mt 2,1;
cfr 2,5.6.8.16) y lo
mismo San Lucas (Lc
2,4.15). El cuarto
evangelio lo
menciona de una
manera indirecta. Se
produjo una
discusión a
propósito de la
identidad de Jesús y
“unos decían: Éste
es verdaderamente el
profeta. Otros: Éste
es el Cristo. En
cambio, otros
replicaban: ¿Acaso
el Cristo viene de
Galilea? ¿No dice la
Escritura que el
Cristo viene
de la
descendencia de
David y de
Belén, la aldea
de donde era David?”
(Jn 7,40-42). El
cuarto evangelista
se sirve aquí de una
ironía: él y el
lector cristiano
saben que Jesús es
el Mesías y que
nació en Belén.
Algunos oponentes a
Jesús quieren
demostrar que no es
el Mesías diciendo
que, de serlo,
hubiera nacido en
Belén y en cambio
ellos saben (creen
saber) que nació en
Nazaret. El
procedimiento es
habitual en el
cuarto evangelio (Jn
3,12; 6,42; 9,40-1).
Por ejemplo,
pregunta la mujer
samaritana: “¿O es
que eres tú mayor
que nuestro padre
Jacob?” (Jn 4,12).
Los oyentes de Juan
saben que Jesús es
el Mesías, Hijo de
Dios, superior a
Jacob, de modo que
la pregunta de la
mujer era en una
afirmación de esa
superioridad. Por
tanto, el
evangelista prueba
que Jesús es el
Mesías incluso con
las afirmaciones de
sus oponentes.
Éste ha sido el
consenso común entre
creyentes e
investigadores
durante más de 1900
años. Sien embargo,
en el siglo pasado,
algunos
investigadores
afirmaron que Jesús
es tenido en todo el
Nuevo Testamento por
“el nazareno” (el
que es, o el que
proviene, de Nazaret)
y que la mención de
Belén como lugar de
nacimiento obedece a
una invención de los
dos primeros
evangelistas que
revisten a Jesús con
una de las
características que
en aquel momento se
atribuían al futuro
mesías: ser
descendiente de
David y nacer en
Belén. Lo cierto es
que una
argumentación como
ésta no prueba nada.
En el siglo I, se
decían bastantes
cosas del futuro
mesías que no se
cumplen en Jesús y,
por lo que sabemos
—a pesar de lo que
pueda parecer (Mt
2,5; Jn 7,42)—, no
parece que la del
nacimiento en Belén
fuera una de las que
se invocaran más a
menudo como prueba.
Hay que pensar más
bien en la dirección
contraria: porque
Jesús, que era de
Nazaret (es decir
que estaba criado
allí), había nacido
en Belén es por lo
que los evangelistas
descubren en los
textos del Antiguo
Testamento que se
cumple en él esa
cualidad mesiánica.
Todos los
testimonios de la
tradición avalan
además los datos
evangélicos. San
Justino, nacido en
Palestina hacia el
año 100 d.C.,
menciona unos
cincuenta años más
tarde que Jesús
nació en una cueva
cerca de Belén ( Diálogo
78). Orígenes
también da
testimonio de ello ( Contra
Celso I, 51).
Los evangelios
apócrifos
atestiguan lo mismo
( Pseudo-Mateo,
13; Protevangelio
de Santiago,
17ss.; Evangelio
de la infancia,
2-4).
En resumen, el
parecer común a los
estudiosos de hoy en
día es que no hay
argumentos fuertes
para ir contra lo
que afirman los
evangelios y se ha
recibido en toda la
tradición: Jesús
nació en Belén de
Judea en tiempos del
rey Herodes.
Bibliografía: A.
Puig, Jesús. Una
biografía,
Destino, Barcelona
2005; J. González
Echegaray, Arqueología
y evangelios,
Verbo Divino,
Estella 1994; S.
Muñoz Iglesias,
Los evangelios de la
infancia, BAC,
Madrid, 1990.
Volver a PREGUNTAS
8.
¿Dónde y cómo
nació Jesús?
Juan Chapa
De los evangelistas,
Mateo y Lucas nos
dicen que Jesús
nació en Belén (ver
la pregunta:
¿Jesús nació en
Belén o en Nazaret?).
Mateo no precisa el
lugar, pero Lucas
señala que María,
después de dar a luz
a su hijo, “lo
recostó en un
pesebre, porque no
había lugar para
ellos en el
aposento” (Lc 2,7).
El “pesebre” indica
que en el sitio
donde nació Jesús se
guardaba el ganado.
Lucas señala también
que el niño en el
pesebre será la
señal para los
pastores de que allí
ha nacido el
Salvador (Lc
2,12.16). La palabra
griega que emplea
para “aposento” es
katályma.
Designa la
habitación espaciosa
de las casas, que
podía servir de
salón o cuarto de
huéspedes. En el
Nuevo Testamento se
utiliza otras dos
veces (Lc 22,11 y Mc
14,14) para indicar
la sala donde Jesús
celebró la última
cena con sus
discípulos.
Posiblemente, el
evangelista quiera
señalar con sus
palabras que el
lugar no permitía
preservar la
intimidad del
acontecimiento.
Justino ( Diálogo
con Trifón 78)
afirma que nació en
una cueva y Orígenes
( Contra Celso
1,51) y los
evangelios apócrifos
refieren lo mismo ( Protoevangelio
de Santiago 20;
Evangelio árabe
de la infancia
2; Pseudo-Mateo
13).
La tradición de la
Iglesia ha
trasmitido desde muy
pronto el carácter
sobrenatural del
nacimiento de Jesús.
San Ignacio de
Antioquia, hacía el
año 100, lo afirma
al decir que “al
príncipe de este
mundo se le ocultó
la virginidad de
María, y su parto,
así como también la
muerte del Señor.
Tres misterios
portentosos obrados
en el silencio de
Dios” ( Ad
Ephesios 19,1).
A finales del siglo
II, San Ireneo
señala que el parto
fue sin dolor ( Demonstratio
Evangelica 54) y
Clemente de
Alejandría, en
dependencia ya de
los apócrifos,
afirma que el
nacimiento de Jesús
fue virginal ( Stromata
7,16). En un texto
del siglo IV
atribuido a San
Gregorio Taumaturgo
se dice claramente:
“a1 nacer (Cristo)
conservó el seno y
la virginidad
inmaculados, para
que la inaudita
naturaleza de este
parto fuese para
nosotros el signo de
un gran misterio” (Pitra,
“Analecta Sacra”, IV,
391). Los evangelios
apócrifos más
antiguos, a pesar de
su carácter
extravagante,
preservan
tradiciones
populares que
coinciden con los
testimonios arriba
señalados. La
Odas de Salomón
(Oda 19), la
Ascensión de Isaías
(cap. 14), el
Protoevangelio de
Santiago (cap.
20-21) y el
Pseudo-Mateo (cap.
13) refieren cómo el
nacimiento de Jesús
estuvo revestido de
un carácter
milagroso.
Todos estos
testimonios reflejan
una tradición de fe
que ha sido
sancionada por la
enseñanza de la
Iglesia y que afirma
que María fue virgen
antes del parto, en
el parto y después
del parto: “La
profundización de la
fe en la maternidad
virginal ha llevado
a la Iglesia a
confesar la
virginidad real y
perpetua de María
(cf. DS 427) incluso
en el parto del Hijo
de Dios hecho hombre
(cf. DS 291; 294;
442; 503; 571;
1880). En efecto, el
nacimiento de Cristo
‘lejos de disminuir
consagró la
integridad virginal’
de su madre (LG 57).
La liturgia de la
Iglesia celebra a
María como la ‘Aeiparthenos’,
la ‘siempre-virgen’
(cf. LG 52)” ( Catecismo
de la Iglesia
Católica, n.
499).
Bibliografía:
Catecismo de la
Iglesia Católica;
J. González
Echegaray, Arqueología
y evangelios,
Verbo Divino,
Estella 1994; S.
Muñoz Iglesias,
Los evangelios de la
infancia, BAC,
Madrid, 1990; F.
Varo, Rabí Jesús
de Nazaret, BAC,
Madrid 2005.
Volver a PREGUNTAS
9. ¿Estaba Jesús soltero, casado o viudo?
Juan Chapa
Los
datos
que
nos
preservan
los
evangelios
nos
dicen
que
Jesús
desempeñó
su
oficio
de
artesano
en
Nazaret
(Mc
6,3)
y
que
cuando
tenía
unos
treinta
años
inició
su
ministerio
público
(Lc
3,23).
Durante
el
tiempo
que
lo
ejerce
hay
algunas
mujeres
que
le
siguen
(Lc
8,2-3)
y
otras
con
las
que
mantiene
amistad
(Lc
10,38-42).
Aunque
en
ningún
momento
se
nos
dice
que
fuera
un
hombre
célibe,
casado
o
viudo,
los
evangelios
se
refieren
a su
familia,
a su
madre,
a
sus
“hermanos
y
hermanas”,
pero
nunca
a su
“mujer”.
Este
silencio
es
elocuente.
Jesús
era
conocido
como
el
“hijo
de
José”
(Lc
,23;
4,22;
Jn
2,45;
6,42)
y,
cuando
los
habitantes
de
Nazaret
se
sorprenden
por
su
enseñanza,
exclaman:
“¿No
es
éste
el
artesano,
el
hijo
de
María,
y
hermano
de
Santiago
y de
José
y de
Judas
y de
Simón?
¿Y
sus
hermanas
no
viven
aquí
entre
nosotros?”
(Mc
6,3).
En
ningún
lugar
se
hace
referencia
a
que
Jesús
tuviera
o
hubiera
tenido
una
mujer.
La
tradición
jamás
ha
hablado
de
un
posible
matrimonio
de
Jesús.
Y no
lo
ha
hecho
porque
considerara
la
realidad
del
matrimonio
denigrante
para
la
figura
de
Jesús
(quien
restituyó
el
matrimonio
a la
dignidad
original,
Mt
19,1-12)
o
incompatible
con
la
fe
en
la
divinidad
de
Cristo,
sino
simplemente
porque
se
atuvo
a la
realidad
histórica.
Si
hubiera
querido
silenciar
aspectos
que
podían
resultar
comprometedores
para
la
fe
de
la
Iglesia,
¿por
qué
trasmitió
el
bautismo
de
Jesús
a
manos
de
Juan
el
Bautista,
que
administraba
un
bautismo
para
la
remisión
de
los
pecados?
Si
la
primitiva
Iglesia
hubiera
querido
silenciar
el
matrimonio
de
Jesús,
¿por
qué
no
silenció
la
presencia
de
mujeres
concretas
entre
las
personas
que
se
relacionaban
con
él?
A
pesar
de
esto,
se
han
venido
difundiendo
algunos
argumentos
que
sostienen
que
Jesús
estuvo
casado.
Fundamentalmente
se
aduce
a
favor
de
un
matrimonio
de
Jesús
la
práctica
y
doctrina
común
de
los
rabinos
del
siglo
I de
nuestra
era
(para
el
supuesto
matrimonio
de
Jesús
con
María
Magdalena,
ver
¿Qué
relación
tuvo
Jesús
con
María
Magdalena?).
Como
Jesús
fue
un
rabino
y el
celibato
era
inconcebible
entre
los
rabinos
de
la
época,
tuvo
que
estar
casado
(aunque
había
excepciones,
como
Rabí
Simeón
ben
Azzai,
quien,
al
ser
acusado
de
permanecer
soltero,
decía:
“Mi
alma
está
enamorada
de
la
Torá.
Otros
pueden
sacar
adelante
el
mundo”,
Talmud
de
Babilonia,
b.
Yeb.
63b).
Así
pues,
afirman
algunos,
Jesús,
como
cualquier
judío
piadoso,
se
habría
casado
a
los
veinte
años
y
luego
habría
abandonado
mujer
e
hijos
para
desempeñar
su
misión.
La
respuesta
a
esta
objeción
es
doble:
1)
Existen
datos
de
que
en
el
judaísmo
del
siglo
I se
vivía
el
celibato.
Flavio
Josefo
( Guerra
Judía
2.8.2
&
120-21;
Antigüedades
judías
18.1.5
&
18-20),
Filón
(en
un
pasaje
conservado
por
Eusebio,
Prep.
evang.
8,11.14)
y
Plinio
el
Viejo
( Historia
natural
5.73,1-3)
nos
informan
que
había
esenios
que
vivían
el
celibato,
y
sabemos
que
algunos
de
Qumrán
eran
célibes.
También
Filón
( De
vita
contemplativa)
señala
que
los
“terapeutas”,
un
grupo
de
ascetas
de
Egipto,
vivían
el
celibato.
Además,
en
la
tradición
de
Israel,
algunos
personajes
famosos
como
Jeremías,
habían
sido
célibes.
Moisés
mismo,
según
la
tradición
rabínica,
vivió
la
abstinencia
sexual
para
mantener
su
estrecha
relación
con
Dios.
Juan
Bautista
tampoco
se
casó.
Por
tanto,
siendo
el
celibato
poco
común,
no
era
algo
inaudito.
2)
Aun
cuando
nadie
hubiera
vivido
el
celibato
en
Israel,
no
tendríamos
que
asumir
por
ello
que
Jesús
estuviera
casado.
Los
datos,
como
se
ha
dicho,
muestran
que
quiso
permanecer
célibe
y
son
muchas
las
razones
que
hacen
plausible
y
conveniente
esa
opción,
precisamente
porque
el
ser
célibe
subraya
la
singularidad
de
Jesús
en
relación
al
judaísmo
de
su
tiempo
y
está
más
de
acuerdo
con
su
misión.
Manifiesta
que,
sin
minusvalorar
el
matrimonio
ni
exigir
el
celibato
a
sus
seguidores,
la
causa
del
Reino
de
Dios
(cf.
Mt
19,12),
el
amor
de y
a
Dios
que
él
encarna,
está
por
encima
de
todo.
Jesús
quiso
ser
célibe
para
significar
mejor
ese
amor.
Bibliografía:Armand
Puig
i
Tàrrech,
Jesús,
un
perfil
biogràfic,
Proa,
Barcelona
2004
(edición
española:
Jesús.
Una
biografía,
Destino,
Barcelona
2005);
J.
Gnilka,
Jesús
von
Nazareth.
Botschaft
und
Geschichte,
Herder,
Freiburg
1990
(ed.
esp.
Jesús
de
Nazaret,
Herder,
Barcelona
1993).
Volver a PREGUNTAS
10. ¿Quiénes fueron los doce Apóstoles?
Vicente Balaguer
Uno
de
los
datos
más
seguros
de
la
vida
de
Jesús
es
que
constituyó
a un
grupo
de
doce
discípulos
a
los
que
denominó
los
“Doce
Apóstoles”.
Este
grupo
estaba
formado
por
hombres
que
Jesús
llamó
personalmente,
que
le
acompañan
en
su
misión
de
instaurar
el
Reino
de
Dios,
que
son
testigos
de
sus
palabras,
de
sus
obras
y de
su
resurrección.
El
grupo
de
los
Doce
aparece
en
los
escritos
del
Nuevo
Testamento
como
un
grupo
estable
o
fijo.
Sus
nombres
son
“Simón,
a
quien
le
dio
el
nombre
de
Pedro;
Santiago
el
de
Zebedeo
y
Juan,
el
hermano
de
Santiago,
a
quienes
les
dio
el
nombre
de
Boanerges,
es
decir,
«hijos
del
trueno»;
Andrés
y
Felipe,
y
Bartolomé
y
Mateo,
y
Tomás
y
Santiago
el
de
Alfeo,
y
Tadeo
y
Simón
Cananeo;
y
Judas
Iscariote,
el
que
le
entregó”
(Mc
3,16-19).
En
las
listas
que
aparecen
en
los
otros
Evangelios
y en
Hechos
de
los
Apóstoles,
apenas
hay
variaciones.
A
Tadeo
se
le
llama
Judas,
pero
no
es
significativo,
pues
como
se
ve,
hay
varias
personas
que
se
llaman
de
la
misma
manera
—Simón,
Santiago—
y
que
se
distinguen
por
el
patronímico
o
por
un
segundo
nombre.
Se
trata
pues
de
Judas
Tadeo.
Lo
significativo
es
que
en
el
libro
de
los
Hechos
no
se
hable
de
la
labor
evangelizadora
de
muchos
de
ellos:
señal
de
que
se
dispersaron
muy
pronto
y de
que,
a
pesar
de
eso,
la
tradición
de
los
nombres
de
quienes
eran
los
Apóstoles
estaba
muy
firmemente
asentada.
San
Marcos
(3,13-15)
dice
que
Jesús:
“subiendo
al
monte
llamó
a
los
que
él
quiso,
y
fueron
donde
él
estaba.
Y
constituyó
a
doce,
para
que
estuvieran
con
él y
para
enviarlos
a
predicar
con
potestad
de
expulsar
demonios”.
Señala
de
esa
manera
la
iniciativa
de
Jesús
y la
función
del
grupo
de
los
Doce:
estar
con
él y
ser
enviados
a
predicar
con
la
misma
potestad
que
tiene
Jesús.
Los
otros
evangelistas
—San
Mateo
(10,1)
y
San
Lucas
(6,12-13)—
se
expresan
en
tonos
parecidos.
A lo
largo
del
evangelio
se
percibe
cómo
acompañan
a
Jesús,
participan
de
su
misión
y
reciben
una
enseñanza
particular.
Los
evangelistas
no
esconden
que
muchas
veces
no
entienden
las
palabras
del
Señor
y
que
el
abandonaron
en
el
momento
de
la
prueba.
Pero
señalan
también
la
confianza
renovada
que
les
otorga
Jesucristo.
Es
muy
significativo
que
el
número
de
los
elegidos
sea
Doce.
Este
número
remite
a
las
doce
tribus
de
Israel
(cfr
Mt
19,28;
Lc
22,30;
etc.),
y no
a
otros
números
comunes
en
el
tiempo
—los
miembros
del
Sanedrin
eran
71,
los
miembros
del
Consejo
en
Qumrán
15 ó
16 y
los
miembros
adultos
necesarios
para
el
culto
en
la
sinagoga,
10—,
por
lo
que
parece
claro
que
se
señala
de
esta
manera
que
Jesús
no
quiere
restaurar
el
reino
de
Israel
(Hch
1,6)
—sobre
la
base
de
la
tierra,
el
culto
y el
pueblo—
sino
instaurar
el
Reino
de
Dios
sobre
la
tierra.
A
ello
apunta
también
el
hecho
de
que,
antes
de
la
venida
del
Espíritu
Santo
en
Pentecostés,
Matías
ocupe
el
lugar
que
Judas
Iscariote
y
complete
el
número
de
los
doce
(Hch
1,26).
Bibliografía:
J.
Gnilka,
Jesús
de
Nazaret,
Herder,
Barcelona
1993;
A.
Puig,
Jesús.
Una
biografía,
Destino,
Barcelona
2005;
G.
Segalla,
Panoramas
del
Nuevo
Testamento,
Verbo
Divino,
Estella
2004.
Volver a PREGUNTAS
11.
Situación actual
de la
investigación
histórica sobre
Jesús
Juan Chapa
Desde que en el
siglo XIX se
aplicaran los
modernos métodos de
la ciencia histórica
a los textos
evangélicos, la
investigación sobre
Jesús ha pasado por
diversas etapas.
Superados los
prejuicios
racionalistas de los
inicios de la
investigación y los
métodos
hipercríticos que
dominaron buena
parte del siglo XX,
la situación actual
es mucho más
positiva y abierta.
El escepticismo en
el que se situó la
investigación sobre
Jesús a mediados del
siglo pasado ha
quedado superado
(ver ¿Qué sabemos
realmente sobre
Jesús?). En la actualidad se
conoce mucho mejor
el contexto
histórico y
literario en el que
vivió Jesús y en el
que los evangelios
fueron escritos. La
mayor familiaridad
con la literatura
intertestamentaria,
es decir, con las
obras del mundo
judío contemporáneas
a Jesús y los
evangelistas
(comentarios de
libros bíblicos y
traducciones al
arameo, los textos
de Qumrán,
literatura rabínica,
etc.), ha permitido
ilustrar, verificar
y comprender con más
hondura los relatos
evangélicos y la
imagen de Jesús en
el judaísmo de su
tiempo. Otras fuentes
provenientes del
mundo grecorromano
han proporcionado
mejores
conocimientos de las
influencias de
carácter helenístico
en la Galilea en que
vivió Jesús y, por
tanto, el contacto
de esa región de
Palestina con moldes
culturales del mundo
griego. Además, los
testimonios de
escritos apócrifos,
posteriores con toda
probabilidad a los
evangelios
canónicos, y otros
textos cristianos y
judíos del siglo II
han servido para
analizar las
tradiciones a las
que se remontan esos
libros y
contextualizar mejor
las afirmaciones
contenidas en los
evangelios. También
se han incorporado a
la investigación
sobre Jesús
hallazgos
arqueológicos
recientes, entre los
que son de especial
interés los que
provienen de las
excavaciones que se
están llevando a
cabo en Galilea, muy
ilustrativas para
nuestro conocimiento
de esta helenizada
región de Palestina
en el siglo I.
Finalmente, a la
mayor comprensión de
las fuentes se ha
añadido el empleo de
nuevos métodos y
aproximaciones
exegéticas
(literarias,
canónicas, etc.),
que ha contribuido a
superar las
limitaciones y
rigideces del método
histórico empleado
en épocas
anteriores. Nuestro conocimiento
histórico de Jesús
es, por tanto, cada
vez más sólido. Los
evangelios son por
ello dignos de
credibilidad y, a
los ojos de un
historiador
imparcial, se puede
descubrir en ellos
un gran conjunto de
gestos, de palabras,
de acciones de Jesús
con los que él
manifestó la
singularidad de su
persona y de su
misión. Bibliografía: J.
Chapa, «History and
Jesus of Nazareth»,
en I. Olábarri y F.
J. Caspistegui (eds.),
The Strength of
History at the Doors
of the New Millenium.
History and other
Human and Social
Sciences along XXth
Century (1899-2002),
Eunsa, Pamplona
2004, 453-505; F.
Varo, Rabí Jesús
de Nazaret, Bac,
Madrid 2005.
Volver a PREGUNTAS
12. ¿Qué
actitud mostró
Jesús ante las
prácticas
penitenciales?
Juan Chapa
Como en otras
religiones, las
prácticas
penitenciales
estaban arraigadas
en el pueblo de
Israel. La oración,
la limosna, el
ayuno, la ceniza
sobre la cabeza, el
vestido de un tejido
tosco y áspero,
llamado vestido de
saco, eran algunos
de los muchos modos
que tenían los
israelitas de
mostrar su deseo de
reorientar la vida y
convertirse a Dios
(cf. Tb 12,8; Is
58,5; Jl 2,12-13; Dn
9,3 etc.).
Jesús, que, como
unánimemente señalan
historiadores y
estudiosos de la
Escritura, centró el
contenido de su
predicación en el
Reino de Dios, exige
también la
conversión como
parte esencial del
anuncio del Reino:
«El tiempo se ha
cumplido y el Reino
de Dios está al
llegar; convertíos y
creed en el
Evangelio» (Mc
1,15). La
conversión, la
penitencia, a la que
Jesús llama
significa el cambio
profundo de corazón.
Pero también
significa cambiar la
vida en coherencia
con ese cambio de
corazón y dar un
fruto digno de
penitencia (Mt 3,8).
Es decir, hacer
penitencia es algo
auténtico y eficaz
sólo si se traduce
en actos y gestos.
De hecho, Jesús
quiso mostrar con su
vida penitente que
Reino de Dios y
penitencia no se
pueden separar.
Practicó el ayuno (Mt
4,2), renunció a la
comodidad de un
lugar estable donde
reposar (Mt 8,20),
pasó noches enteras
en oración (Lc 6,12)
y, sobre todo,
entregó
voluntariamente su
vida en la cruz.
Los primeros
discípulos de Jesús,
al hilo de sus
enseñanzas,
entendieron que
seguir a Cristo
implicaba imitar sus
actitudes. San Lucas
es el evangelista
que más subraya cómo
el cristiano debe
vivir como Cristo
vivió y tomar su
cruz cada día, como
Jesús había pedido a
sus discípulos: «Si
alguno quiere venir
detrás de mí, que se
niegue a sí mismo,
que tome su cruz
cada día, y que me
siga» (Lc 9,23). De
este modo, los
primeros cristianos
continuaron
acudiendo al templo
a rezar (Hch 3,1) y
siguieron
practicando las
obras de penitencia,
como por ejemplo el
ayuno (Hch 13,2-3),
si bien en
conformidad con la
enseñanza de Jesús:
«Cuando ayunéis no
os finjáis tristes
como los hipócritas,
que desfiguran su
rostro para que los
hombres noten que
ayunan. En verdad os
digo que ya
recibieron su
recompensa. Tú, en
cambio, cuando
ayunes, perfuma tu
cabeza y lávate la
cara, para que no
adviertan los
hombres que ayunas,
sino tu Padre, que
está en lo oculto; y
tu Padre, que ve en
lo oculto, te
recompensará» (Mt
6,16-18).
Sin embargo, a la
luz del valor de la
muerte de Cristo en
la cruz, por la que
los hombres son
redimidos de sus
pecados, los
cristianos
entendieron que las
prácticas
penitenciales —sobre
todo el ayuno, la
oración y la
limosna— y cualquier
sufrimiento no sólo
se ordenaban a la
conversión sino que
podían asociarse a
la muerte de Jesús
como medio de
participar en el
sacrificio de Cristo
y corredimir con él.
Así se encuentra en
los escritos de
Pablo: «Completo en
mi carne lo que
falta a los
sufrimientos de
Cristo en beneficio
de su cuerpo, que es
la Iglesia» (Col
1,24) y así se sigue
viviendo en la
Iglesia.
Volver a PREGUNTAS
13. ¿Quiénes
fueron los
evangelistas?
Vicente
Balaguer
Lo importante de los
evangelios es que
nos transmiten la
predicación de los
Apóstoles, y que los
evangelistas fueron
Apóstoles o varones
apostólicos (cfr
Dei Verbum, n.
19). Con esto se
hace justicia a lo
recibido por la
tradición: los
autores de los
evangelios son
Mateo, Juan, Lucas y
Marcos. De estos,
los dos primeros
figuran en las
listas de los doce
Apóstoles (Mt 10,2-4
y paralelos) y los
otros dos figuran
como discípulos de
San Pablo y San
Pedro,
respectivamente. La
investigación
moderna, al analizar
críticamente esta
tradición, no ve
grandes
inconvenientes en la
atribución a Marcos
y a Lucas de sus
respectivos
evangelios; en
cambio, analiza con
ojos más críticos la
autoría de Mateo y
de Juan. Se suele
afirmar que esta
atribución lo que
pone de manifiesto
es la tradición
apostólica de la que
provienen los
escritos, no que
ellos mismos fueran
los que escribieron
el texto.
Lo importante, por
tanto, no es la
persona concreta que
escribiera el
evangelio sino la
autoridad apostólica
que estaba detrás de
cada uno de ellos. A
mediados del siglo
II, San Justino
habla de las
“memorias de los
apóstoles o
evangelios”
(Apología, 1,66, 3)
que se leían en la
reunión litúrgica.
Con esto, se dan a
entender dos cosas:
el origen apostólico
de esos escritos y
que se coleccionaban
para ser leídos
públicamente. Un
poco después, en el
mismo siglo II,
otros escritores ya
nos dicen que los
evangelios
apostólicos eran
cuatro y solo
cuatro. Así,
Orígenes: “La
Iglesia tiene cuatro
evangelios, los
herejes muchísimos,
entre ellos uno que
se ha escrito según
los egipcios, otro
según los doce
apóstoles. Basílides
se atrevió a
escribir un
evangelio y ponerlo
bajo su nombre
(...). Conozco
cierto evangelio que
se llama según Tomás
y según Matías; y
leemos otros muchos”
( Hom. I in Luc.,
PG 13,1802).
Expresiones
semejantes se
encuentran en San
Ireneo que, además,
añade en cierto
lugar: “El Verbo
artesano del
Universo, que está
sentado sobre los
querubines y que
todo lo mantiene,
una vez manifestado
a los hombres, nos
ha dado el
evangelio
cuadriforme,
evangelio que está
mantenido, no
obstante, por un
sólo Espíritu” ( Contra
las herejías,
3,2,8-9). Con esta
expresión —evangelio
cuadriforme—, pone
de manifiesto una
cosa muy importante:
El evangelio es uno,
pero la forma
cuádruple. La misma
idea se expresa en
|