El pregonero de la Semana de Palencia, Juan Carlos Ramos, puso de ejemplo a los penitentes como escuela para aprender a caminar juntos en tiempos de prisa y destacó que la Semana Santa se puede contar y narrar, pero «se tiene que vivir»

El sonido del tararú marcó ayer el inicio del pregón de la Semana Santa de Palencia, pronunciado por Juan Carlos Ramos, director del programa de RTVE , El Día del Señor, en un discurso cargado de emoción, memoria y mensaje de futuro, que contó con la participación musical de Ad Libitum y Gonzalo Aparicio Cordón. 

El acto regresó, además, a un escenario muy especial, el «coqueto» Teatro Principal, que volvió a acoger el Pórtico tras años sin celebrarse allí, coincidiendo además con el 80 aniversario del mismo.

Desde sus primeras palabras, el pregonero quiso agradecer a la Junta de Hermandades, al obispo y a las autoridades su confianza, en un acto que reunió a representantes institucionales y a numerosos fieles. Un reconocimiento que enmarcó en la responsabilidad de tomar el relevo de anteriores pregoneros, entre ellos, el presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, el pasado año.

Uno de los momentos más destacados del discurso fue el recuerdo de la Semana Santa de 2024, cuando casi 60 profesionales de Televisión Española desembarcaron en la capital con un amplio equipo para retransmitir el triduo pascual y varias procesiones. Aquella experiencia, explicó, permitió mostrar al mundo «la maravilla que es la Catedral de San Antolín, antiguamente conocida como la bella desconocida y que hoy, afortunadamente, es ya la bella reconocida», aunque la lluvia obligó a cambiar los planes. «Sin embargo, Dios tenía otros planes, y lo que debía ser una transmisión solemne se convirtió en narración contenida… porque la lluvia se empeñaba en deslucir lo que se había preparado durante tantos meses con tanto esfuerzo y cariño», añadió.

Lejos de quedarse en lo anecdótico, el pregonero subrayó la enseñanza de aquellos días: lo que se estaba retransmitiendo no era un espectáculo, sino «la fe de un pueblo». Una fe que, dijo, no puede deslucirse por la lluvia ni por las circunstancias, porque «no depende del clima, sino del corazón».

A partir de ahí, el pregón se convirtió en un anuncio de lo que está por venir. Ramos recorrió las principales procesiones y momentos de la Semana Santa palentina, desde su inicio y hasta su final, destacando «la riqueza simbólica y espiritual» de cada uno de ellos. 

Así, Ramos hizo  un repaso por los momentos clave de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Desde la entrada de la Borriquilla y el rezo en el Cristo del Otero, pasando por el Lunes Santo y las distintas escenas -la Última Cena, el prendimiento, la flagelación o el camino hacia la cruz-, hasta llegar al Santo Entierro y la Resurrección.

Especial énfasis puso en la procesión de las Vírgenes del Sábado Santo, reivindicando el papel esencial de la mujer: «Qué sería de la Semana Santa sin mujeres, qué sería del mundo sin mujeres, qué sería de la Iglesia sin su madre», afirmó. Un momento que definió como uno de los más emotivos y significativos de estos días.

El pregonero también quiso desmontar la idea de que la Semana Santa es «lo mismo de siempre». Aunque se repitan los pasos y las calles, recordó, nunca son iguales quienes la contemplan. «La vida va cambiando nuestro corazón», explicó, subrayando que cada año ofrece una experiencia distinta.

El pregón de la Semana Santa volvió a poner de relieve, que, aunque las procesiones repiten recorridos, marchas y tradiciones, nunca se viven de la misma manera. Cada año, la mirada de quienes las contemplan es distinta, marcada por las experiencias personales, las alegrías y también las heridas que van modelando el corazón. Así, cada paso, cada silencio y cada encuentro con las imágenes «adquiere un significado nuevo, capaz de sorprender, incluso, a quienes creen conocer profundamente esta tradicional celebración».

En este sentido, subrayó que la Semana Santa no es solo una sucesión de actos que regresan al calendario, sino una vivencia que se renueva en lo más íntimo de cada persona. Las calles son las mismas, pero la emoción cambia, y en esa transformación reside precisamente su fuerza: en la capacidad de seguir interpelando, año tras año, a toda una ciudad.

identidad palentina. En esa línea, destacó una de las señas de identidad de Palencia: la participación conjunta de todas las cofradías en las procesiones, una tradición que simboliza cómo «identidades distintas, historias diversas y sensibilidades particulares caminan juntas con un solo corazón». Una imagen que elevó a ejemplo para la Iglesia y para la sociedad. Esa imagen de unidad en la diversidad fue presentada como uno de los grandes valores de la Semana Santa palentina: una auténtica «parábola viva» que refleja realidades distintas.

Porque, según defendió, la Semana de Pasión no solo pasa ante los ojos, sino que «educa el corazón» y ofrece una enseñanza muy necesaria en la actualidad: aprender a caminar juntos en un tiempo actual «marcado por la prisa, el ruido y la confrontación».

El silencio fue otro de los pilares del discurso. En ese recogimiento, explicó, se encuentra «una forma profunda de vivir la fe y de escuchar lo esencial, frente al exceso de palabras del mundo actua»l.

El pregón concluyó con una reflexión íntima tras casi dos décadas retransmitiendo la Semana Santa por toda España. Pese a los medios técnicos, aseguró, hay algo que siempre se escapa: la emoción, el temblor, lo que ocurre en el interior de cada persona.

Por eso, cerró con una idea clara que resume el espíritu de toda la intervención: la Semana Santa de Palencia se puede contar, se puede narrar… pero, sobre todo, «se tiene que vivir».

“Fe, la unidad y el corazón” de las cofradías palentinas

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